¿Qué lugar ocupa la casualidad en la historia? Cambios importantes que se explican por hechos insignificantes

David S. Landes Universidad de Harvard The Economic History Review, XLVIII, 4, pp. 637656, 1994

Hay una clase de historiografía a la que cabría llamar optativa, pues trata la historia tal como podría, debería, tendría que haber sido. No es de esperar que esté muy presente en la historia económica, especialidad que se vanagloria de utilizar razonamientos rigurosos y pruebas precisas, pero también aquí la encontramos.

El ejemplo clásico es el debate sobre las consecuencias sociales de la revolución industrial (optimistas frente a pesimistas). Ambos bandos se han mostrado muy pródigos e ingeniosos movilizando hechos; sin embargo, los dos son esencialmente inmunes a ellos. En este caso se toma partido a causa de una convicción generada, no por pruebas, sino por simpatía. Y lo mismo cabe decir de otros debates cuya principal característica es ser inagotables: la historia optativa se halla presente siempre que la deducción tiene prioridad sobre la inducción, cuando el fin (el resultado deseado) determina y justifica los medios.

Nos gustaría ocuparnos aquí de una subespecie particular del género historia optativa, de lo que cabría denominar historia como casualidad. Como podría exponerse también: solamente por la gracia de Dios..., o por la ira de Dios. O, para los descreídos y los no creyentes: un poquito más, y habría, podría haber ocurrido de la otra forma. I Nuestro caso de historia optativa está basado en el hecho de la primacía de Gran Bretaña en la industrialización y la revolución in dustrial.

Este asunto fue durante mucho tiempo un elemento fundamental, casi un tópico, de la interpretación y el análisis histórico. Se escribieron sobre él libros suficientes para formar una pequeña biblioteca –por no mencionar las publicaciones oficiales ni los trabajos universitarios–, y sirvió para que los nuevos eruditos adquirieran experiencia. Pero entonces apareció el artículo de Crafts de 1977 1 , donde se sostenía no sólo que no había ningún problema –que igualmente podría haber sido Francia la que diera el primer paso hacia un nuevo estilo industrial–, sino también que deberíamos dejar definitivamente de planteárnoslo.

¿Que decía Crafts exactamente? ¿Cómo razonaba? En resumen, establecía tres puntos principales. En primer lugar que la cuestión de por qué fue Inglaterra primero estaba mal planteada y que había que descartarla en vez de seguir buscando soluciones. En particular y a continuación, distinguía una cuestión independiente y más legítima: «¿Por qué la revolución industrial ocurrió en el siglo XVIII?». Y por último, sostenía que el hecho de no haber sabido hacer esta distinción «podría haber sido un importante obstáculo para una interpretación adecuada de la historia económica de Francia en el siglo XVIII».

Pero, ¿qué era exactamente lo que tenía de malo la cuestión clásica de por qué Inglaterra primero? Según Crafts, la industrialización de esta región fue un suceso único, es decir, ocurrió sólo una vez y no hay nada comparable. Existe, además, una acusada tendencia entre los historiadores a considerar tal suceso como predeterminado y a razonar entonces retrocediendo en el tiempo según dos factores complementarios: las ventajas especiales de Inglaterra y las desventajas e impedimentos de sus rivales potenciales, en particular de Francia.

Todo ello crea y aumenta el riesgo de falacias post hoc, ergo propter hoc. Crafts propone entonces un punto de vista alternativo. Este suceso (el primer paso hacia la industrialización) debería considerarse, escribe, como un cálculo comparado de probabilidades, o expresado en lenguaje matemático: Y 5 a 1 B1 x1 . . . Bn xn + e donde «Y» (la variable dependiente) es el logro de la industrialización; las «x», los diversos factores que influyen en la consecución del logro en un determinado momento, y «e», un término de error que representa desconocimiento, azar o (habría que decir también) ambas cosas.

En estos términos, Crafts afirma: «es posible, aunque no tiene por qué, que Inglaterra fuera superior a Francia desde el punto de vista de la probabilidad de lograr las ‘innovaciones decisivas’ en el siglo XVIII». Considerado así, el resultado en sí mismo no revela la probabilidad ex ante de que Inglaterra fuese la primera.

Compárese este caso, escribe Crafts, con el problema de predecir el resultado de un partido de fútbol: como reza un dicho deportivo norteamericano, cualquier buen equipo puede batir a otro un día o una tarde determinada. «Dado que el suceso es único, los instrumentos de la inferencia estadística son inadecuados para explicar la consecución de innovaciones decisivas en un determinado momento.

Por tanto, cabe perfectamente afirmar que la cuestión clásica (‘¿Por qué Inglaterra fue la primera?’) no tiene respuesta». Y en tal caso, deberíamos descartarla. II El siguiente paso de la demostración consistía en intentar dotar de contenido a «e»: ¿hasta qué punto la aparición y consecución del invento en un determinado momento eran aleatorias? Sin repetir los pormenores del razonamiento de Crafts, no nos parece que lo desvirtuemos si lo resumimos de la manera siguiente: después de acabar con diversos hombres de paja, tales como la teoría de que detrás del invento hay un «gran hombre» –desfigurando en el proceso a diversos autores que han escrito sobre el asunto, en particular a Usher, quien en realidad expuso un modelo sicológico gestaltista– , y tras admitir, en efecto, que los inventos se fomentan y se tienen en cuenta por necesidad y oportunidad (demanda), pero que están sometidos a la incertidumbre en lo que a su realización se refiere (oferta) –no siempre obtenemos lo que queremos cuando lo queremos–, acaba con otro hombre de paja, citando a Musson en el sentido de que «una teoría de la inevitabilidad resulta ridícula».

Y entonces llega a la siguiente conclusión: en primer lugar, la innovación es el resultado de «procesos aleatorios de búsqueda» –de lo que, por supuesto, no cabe ninguna duda, aunque entonces también lo son todos los logros sociales e intelectuales, lo cual no significa que se hagan al azar–, y en segundo lugar, en tan aleatorio mundo (el nuestro), un país con menos oportunidades de desarrollo económico ex ante podría tener «suerte» (las comillas son suyas) y ganar la carrera descubriendo por casualidad una innovación clave y obteniendo cada vez más ventaja. Este resultado es, desde luego concebible desde el punto de vista matemático, pero muy poco probable. Que nosotros sepamos, no hay ejemplos de ello.

III

La última parte de la demostración es un intento de comparar las oportunidades de desarrollo de Francia en el siglo XVIII con las de Gran Bretaña. En palabras de Crafts, ¿era la economía británica ‘manifiestamente superior’ a la de Francia? Su respuesta es «un rotundo no»:

El hecho de que Gran Bretaña estuviese «más avanzada» en 1790 y tuviese muchísima más probabilidad que Francia de seguir progresando en las industrias más productivas de la época no implica necesariamente que ex ante (en, digamos, 1740) tuviese mayores probabilidades de lograr la primera la revolución industrial ni que debamos sentirnos obligados a buscar razones de la inevitable [sic] supremacía británica ahondando en su historia.

Esta incursión en la historia económica comparada, a pesar de las exhortaciones en contra de Crafts, podría tener la clave de este ejercicio de prohibición intelectual. El detonante pudo haber sido la publicación de supuestos datos sobre el crecimiento económico francés en el siglo XVIII. De todos modos, al principio de esta obra Crafts cita a Milward y Saul: «las más recientes investigaciones sobre la economía francesa en el siglo XVIII han demostrado que el aumento de producción industrial per cápita en ese siglo fue probablemente más rápido que en Gran Bretaña».

Llegados a este punto, parece lógico pensar que el hallazgo de que el crecimiento industrial francés fue más rápido que el británico en el siglo XVIII animaría a Crafts a investigar más el problema de la primacía en vez de hacer que lo descartase. En nuestra opinión, se trata de un enigma –en tales circunstancias, ¿por qué iba a ser Gran Bretaña la primera?–, y los enigmas constituyen retos y provocaciones.

Para empezar, un crecimiento francés más rápido resulta, al menos, inesperado e improbable a primera vista. Hay, por ejemplo, gran abundancia de testimonios de la época (incluidas las crónicas de visitantes extranjeros que fueron a ver y a aprender) en relación con la mayor unidad y eficacia del mercado británico, el mayor grado de libertad empresarial y la precocidad de la especialización regional, y, aunque la ciencia histórica tiende a menospreciar este tipo de observaciones, tachándolas a menudo de meras anécdotas, el presente autor, por lo menos, no está dispuesto a tomar por tontas a tantas personas de tan evidente inteligencia. Se sabe también mucho del carácter del cambio tecnológico en las dos economías: en las áreas empresariales comunes a ambas, la británica iba muy por delante y marcando la diferencia, como demuestran, por ejemplo, las consecuencias del tratado comercial que el estadista británico William Eden negoció con Francia en 1786.

¿Y por qué deberían haber sido más altos los salarios británicos? A este respecto, remitimos al lector al brillante análisis que hizo Adam Smith del hecho de que los salarios fueran más altos en las colonias americanas que en el Londres de la época:

No es la grandeza real de la riqueza de la nación, sino su crecimiento continuo, lo que provoca el aumento de los salarios de la mano de obra. No es, por consiguiente, en los países más ricos, sino en los más prósperos o en los que se están haciendo ricos más deprisa, donde los salarios de la mano de obra son más altos.

Lo mismo se aplica a la diferencia entre Inglaterra y Francia: los franceses contaban su salario diario en sous (una vigésima parte de la livre), mientras que los británicos lo hacían en chelines (una vigésima parte de una libra esterlina), y hacían falta alrededor de veinticinco livres para obtener el valor de una libra esterlina. No se ha hecho, que nosotros sepamos, ninguna comparación sistemática entre los salarios británicos y franceses (merecería la pena hacerla), pero las diferencias eran asombrosas: un rápido examen arrojaría una proporción de alrededor de dos (o más) a uno en favor de Gran Bretaña.

En definitiva, hay que comprender el sentido de las cifras, pero éstas tienen que tener sentido. Ante la inesperada noticia del liderazgo francés deberían haber sonado señales de alarma en todas direcciones.

IV

Hay al menos dos explicaciones posibles de la anomalía manifiesta en la actividad económica de Inglaterra y Francia: las cifras están equivocadas, o lo está nuestro saber convencional. El problema viene en realidad de muy atrás. Por tanto, ya dijo algo de él Nef, cuando escribió hace medio siglo: Según el equivocado concepto popular [...] el desarrollo industrial británico fue muy diferente del continental a lo largo de todo el siglo XVIII, no simplemente en sus postrimerías. Pero [...] el ritmo del cambio industrial desde alrededor de 1732 hasta 1782 no fue más rápido en Gran Bretaña que en Francia, país mucho más grande y con una población casi tres veces mayor. Lo que resulta asombroso [...] no son tanto las diferencias como las semejanzas entre Gran Bretaña y el continente, tanto en el ritmo del desarrollo económico como en la dirección que el desarrollo estaba tomando.

Quizá 1943 no fuese un buen año para escribir o tal vez nadie prestó atención, porque Nef continuó dedicando gran parte de su tiempo a explicar por qué Gran Bretaña precedió a Francia (por ejemplo, en su libro de 1957)2 . De todos modos, el asunto reapareció en su forma moderna en 1966, cuando Crouzet publicó un artículo por el estilo donde exponía, con bastante indecisión y prudencia, la tesis de que el crecimiento fue más rápido en Francia: «Podríamos estar perfectamente justificados pensando que [...] el aumento real de la producción y los ingresos per cápita pudo haber sido igual en los dos países y posiblemente más rápido en Francia»3 .

Esta hipótesis se ha convertido desde entonces en una especie de dato o hecho, de una manera particularmente característica de la historia económica, dada la pasión especial de ésta por la novedad. Léon la repitió en 1973: en 1716, escribió, las exportaciones francesas de productos manufacturados alcanzaron un valor de cuarenta y dos millones de livres, y en 1787 la cifra era de ciento ochenta y dos millones, lo que supone un aumento del cuádruple en tres cuartos de siglo. Y más recientemente, Butel, discípulo de Crouzet, señaló:

Si se divide la tasa de crecimiento en la producción por la tasa de crecimiento de la población, la imagen de una Francia rezagada cambia radicalmente, y se ve que en el transcurso del siglo la producción per cápita podría haber crecido más deprisa en Francia.

Butel procede entonces a citar cifras aún más categóricas: las de O’Brien y Keyder, que muestran que la tasa de crecimiento de la producción industrial de 17011710 a 17811790 fue casi dos veces más rápida en Francia que en Gran Bretaña –1,9 por ciento frente a 1,1 por ciento–. Asimismo, menciona las estimaciones que hicieron Mathias y O’Brien afirmando que, de 1715 a 1785, la producción de riqueza per cápita a precios constantes creció un 41 por ciento en Francia y sólo un 5 por ciento en Gran Bretaña.

Estas cifras resultan increíbles. Están, sencillamente, equivocadas y son el tipo de cálculos que ponen en entredicho la ciencia histórica. No obstante, es fácil ver por qué con este bombardeo de dígitos especificados hasta las milésimas se podría llegar a la conclusión de que la primacía británica en la industrialización ni tiene ni puede tener explicación, de que fue el resultado del azar.

No todos los hechos son iguales, sobre todo cuando lo único que tienen de tales es el aspecto. Volvamos a las fuentes. En su artículo de 1966, Crouzet, como Nef antes que él y Léon, O’Brien y Chassagne después, utilizó principalmente datos sobre el comercio francés a modo de indicador de la producción económica.

Los datos en cuestión eran el conjunto de estimaciones retrospectivas de funcionarios franceses reunidas hacia el final del Antiguo Régimen, en especial las de A. M. Arnould, subdirector asistente del Bureau de la Balance du Commerce desde 1785, y, con anterioridad a éste, de un tal Bruyard, director del Bureau du Commerce desde 1756. No disponemos ya del material original en que se basaron las estimaciones, pero sobre éstas sabemos lo siguiente: están elaboradas y calculadas de distintas formas, y difieren, por tanto, mucho unas de otras; no están normalizadas de manera que se puedan comparar con los datos sobre el comercio británico, y, como al principio tenían muchos puntos en blanco que se fueron completando con el tiempo, tienden a pecar por exceso. En definitiva, exageran seriamente la tasa de crecimiento.

Lo mismo cabe decir de la confianza que Crouzet, con prudencia, y otros autores, con más credulidad, depositaron en las estimaciones de la producción agrícola francesa realizadas por Toutain –otro pilar del revisionismo anglofrancés–. Los revisionistas estaban sacando conclusiones precipitadas: dos años después del artículo de Crouzet, Le Roy Ladurie hizo una refutación devastadora. Toutain, dijo, era un coloso con pies de barro. Sus datos adolecían «de una fragilidad ejemplar»; en particular, partía (como Bruyard y Arnould) de una base muy baja, por lo que su tasa de crecimiento era terriblemente exagerada. Tras reflexionar, Crouzet admite que la demostración de Le Roy Ladurie «es completamente convincente. No obstante, los expertos británicos y norteamericanos han continuado [usando las estimaciones de Toutain], advirtiendo, mientras tanto, que pecaban por exceso». O consolándose, mientras tanto, con la idea de que lo que hay, aunque malo, es lo suficientemente bueno y mejor que nada. Dejemos ya de andarnos con rodeos.

Reconozcámoslo: los especialistas en historia económica, sobre todo en la supuestamente nueva historia económica, tienen una pasión visceral por los números y van a ellos como moscas a la miel. Asimismo, consideran los datos iconoclastas como un reto, como una invitación a la ingeniosidad. Y si hay algo que se pueda decir acerca del artículo de Crafts, es que desde luego era ingenioso.

V

Por otro lado, si los eruditos se hubieran tomado en serio a Crafts, se habrían limitado a dejar que su artículo pasase desapercibido. Muerto el perro, se acabó la rabia. Sin embargo, Rostow contestó, y en la misma publicación además: claro que hay algo que explicar, declaró. No es de una casualidad de lo que nos estamos ocupando. La Gran Bretaña del siglo XVIII, señaló, innova repetidas veces; Francia, con raras excepciones, la sigue. En palabras de Mokyr, una cosa es explicar una tirada de dados (por ejemplo, las «innovaciones decisivas» de Davis) y otra muy distinta explicar resultados repetidos.

Lo que es más importante, esos rápidos e interrelacionados avances tecnológicos británicos del siglo XVIII tenían sentido. Eran prueba de la lógica del mercado, de la interrelación entre oferta y demanda, pero en especial de esta última. Teniendo en cuenta la composición y el crecimiento del sector industrial británico, no es una casualidad que Gran Bretaña fuese la autora de los inventos e innovaciones que hizo; que Francia no lo fuese; y que incluso después de que los británicos hubiesen dado ejemplo, los franceses, como otros países del continente que iban a la zaga, tuviesen problema para mantener el ritmo. Permítasenos examinar, uno tras otro, todos estos puntos, empezando por la dirección de la innovación. Los británicos se centraron en la invención de máquinas con que reemplazar la mano de obra en la industria de la lana y el algodón –y de la lana en primer lugar–, como era de esperar dada la posición relativa de estas dos ramas de la industria textil.

Asimismo, los británicos fueron los primeros que estudiaron la aplicación del vapor al desagüe de minas, lo cual resulta lógico en un país que hizo, antes que ningún otro, amplio uso del carbón en los procesos industriales. El primer paso lo dio Thomas Savery en 1698. Este personaje autodidacta, que se había impuesto la tarea de crear una bomba, concibió el sencillo y retrospectivamente obvio mecanismo de alternar vapor a alta presión y un vacío producido por condensación. «El amigo del minero», como lo llamó, gastaba mucho combustible, pero funcionaba.

El segundo punto trata de la dificultad de seguir el ejemplo. ¿Cabe afirmar que Gran Bretaña era más rica en oficios que los países continentales? La pregunta es complicada. Si nos atenemos a lo modélico, no cuesta encontrar gran número de artesanos de extraordinario talento en el continente, y ello sin contar diversas formas de expresión artística que exigían más habilidad y destreza manual que las practicadas en Gran Bretaña. No obstante, hay oficios y oficios. El caudal británico de oficios, especialmente en áreas como el trabajo en fábricas y la construcción de máquinas, era claramente mayor que el de los países continentales. Un tercer punto que conviene examinar ahora es la combinación de la dirección y la respuesta. Compárese a ambos países en relación con la invención y fabricación del cronómetro marino (a Thomas Earnshaw con Louis Berthoud). Los británicos se dedicaron a la producción en serie valiéndose de una gran distribución del trabajo; los franceses optaron por elegir a un horloger de la Marine, para que hiciese un cronómetro tras otro. Los primeros (Earnshaw y muchos más) fabricaron millares; Louis Berthoud, trescientos en toda su vida. Conclusión: los británicos hicieron algunos cronómetros excelentes, porque entre tantos tenían que destacar por fuerza unos cuantos, mientras que los cronómetros franceses eran todos de primera calidad.

En general, por tanto, el curso de la innovación (el momento y el lugar) no es un proceso aleatorio, lo cual no quiere decir que no haya elementos que sí lo sean. Quizá sea verdad que, como señaló cierto autor, si James Watt hubiera muerto de viruela cuando era niño, la máquina de vapor con condensador separado no habría aparecido hasta diez o más años después. Pero decir que los detalles son aleatorios no significa que el proceso en conjunto sea una casualidad, un camino que se toma al azar. Obsérvese que esta combinación de tendencia general y detalles aleatorios es característica de casi toda acción social y desarrollo histórico, y de los procesos económicos en particular. Que se lo pregunten, si no, a cualquiera que haya intentado ganar dinero en la Bolsa.

VI

¿Cuáles son, entonces, los factores determinantes del liderazgo tecnológico de Inglaterra? Convendría que considerásemos en primer lugar el aspecto de la demanda, no porque prefiramos utilizar un modelo causal (la demanda impulsa y la oferta viene a continuación, o al contrario), sino porque hay que empezar por algún sitio. A nuestro entender, la oferta y la demanda corren parejas. La innovación clave se encuadra en el paradigma smithiano. Fue la inversión rural, fenómeno que data de la Edad Media y que constituye un alejamiento crucial del modo de producción corporativo (en gremios) urbano. La clave es la distribución del trabajo y el empleo de mujeres y niños en los procesos de producción. No hace falta decir más; el efecto es: reducir los costes y los precios, aumentar la demanda, ampliar el mercado, fomentar más la distribución del trabajo, sentar las bases de la especialización para generar mejoras pequeñas, pero acumulativas, en la técnica. Smith no habla de inversión; es demasiado escrupuloso. Perdió una rara oportunidad ahí; pero entonces, no hay que esperar ni siquiera que el teórico más brillante y práctico descubra lo inesperado por lo trivial (el síndrome de la carta robada).

El efecto de esta caída de los precios y ampliación de los mercados dentro y fuera del país fue que Gran Bretaña se convirtió en la fábrica del mundo. Crouzet es consciente de ello y señala que, ya a principios del siglo XVIII, «la economía británica iba muy por delante de la francesa». Y también eran conscientes de esta ventaja los observadores de la época, tanto de uno como de otro lado del Canal de la Mancha. Crucial para este proceso de ampliación de mercados fue el carácter de las mercancías producidas: tejidos de lana y, luego, de algodón y de ambos materiales. Estos productos eran básicos, no de lujo, y de ahí la elasticidad de la demanda. Es desde este punto de vista desde el que mejor se comprende el carácter y las limitaciones de la invención y la innovación francesa en la industria textil. Su logro más importante se produjo en la fabricación de tejidos de seda –fundamentalmente con la aparición del telar de Jacquard y su sistema de control por tarjetas perforadas– y reflejó las mismas presiones sobre la oferta de mano de obra que la inversión británica. La naturaleza del invento era revolucionaria, con importantes consecuencias para la invención de cosas aparecidas mucho después (considérense las perforadoras IBM del siglo XX). Pero la seda es una tela de lujo y estaba relacionada con un distinguido y aristocrático estilo de vida que iba a recibir un duro golpe con la revolución y nunca volvería a recuperarse. Las prendas de seda no podían tener el impacto que tuvieron las de lana y algodón. A los franceses no les faltaba talento ni conocimientos, pero estaban avanzando en otra dirección.

Consideremos ahora el aspecto de la oferta. Una vez que los británicos introdujeron sus nuevas máquinas y estilos, pasaron varias generaciones antes de que los países continentales que iban a la zaga les imitasen, estableciesen una autonomía tecnológica, se pusiesen al día y, en algunos casos, superasen al líder. A pesar de todos sus conocimientos científicos y toda su experiencia manual, no estaban tan preparados como Gran Bretaña para el nuevo modo de producción. De ahí los esfuerzos sistemáticos, privados y públicos, por acelerar el proceso de difusión. ¿Significa este hecho que si no hubiese habido un país como Gran Bretaña, una iniciativa tecnológica, no habría habido tampoco revolución industrial? Es muy poco probable; pero se habría producido más despacio y habría sido distinta.

VII

Convendría hacer ahora algunas consideraciones metodológicas. Nos enfrentamos a una paradoja. La dificultad estriba en el carácter único de los fenómenos estudiados. Hay un primer caso (una muestra de uno) en ambos ejemplos: un «auge de Occidente» y una «primera nación industrial», y el segundo ejemplo es un subconjunto del primero. Ese carácter único debería hacer imposible la acostumbrada estrategia comparativa; sin embargo, plantea la lógica e inevitable cuestión de por qué éste y no aquél, lo cual implica comparar, o sea, no hace imposible la comparación. Este carácter único nos obliga, además, a remontarnos en el tiempo en busca de raíces, orígenes, motivos, causas. No tenemos más remedio, si es que queremos resolver el problema. Tal procedimiento es lo que llamamos análisis histórico, que, a falta de pruebas irrefutables, busca lo plausible, lo convincente.

Por supuesto, hemos de tomar precauciones contra el peligro de razonar post hoc, ergo propter hoc, lo que, como es bien sabido, constituye un pecado para la lógica. Pero precaución no es prohibición. Sólo hemos de procurar no buscar relaciones que no sean puramente cronológicas, en pos de causas necesarias y suficientes, y también, no aceptar, si es posible, los contrafácticos como demostración. Asimismo, está la trampa del monismo, de la búsqueda de un único factor explicativo. Se trata de una tentación muy particular y persistente para los economistas, que son muy aficionados a lo que ellos llaman parquedad y a recordarnos que una buena razón es más que suficiente. Pero tiene que ser una buena razón. Los historiadores tienden a sospechar de la sencillez, y la aceptan menos en los hechos y los acontecimientos que en el ojo del espectador.

Es muy poco probable que los grandes procesos de cambio histórico tengan una sola causa; son muchos los factores que hay que tener en cuenta. Por consiguiente, la presencia o ausencia de características particulares en otros sitios no debería hacer que esperemos o excluyamos procesos paralelos o simultáneos de desarrollo. En este sentido, permítasenos exponer una regla de oro del análisis histórico: los grandes procesos piden grandes causas. Hay que considerarla prioritaria, como dirían los economistas. Estamos convencidos de que la misma complejidad de los grandes cambios de sistema exige explicaciones complejas: múltiples causas de importancia relativa variable, dependencia combinatoria (es decir, que algunos factores tienen efectos distintos cuando van unidos a otros), dependencia temporal (es decir que sí importa cuándo se producen los cambios, no sólo cronológicamente, sino también en relación con cambios similares ocurridos en otros sitios). No conviene, por ejemplo, citar tendencias europeas hacia la inversión en el siglo XVIII como un proceso equivalente a la habida en la misma dirección en Inglaterra siglos antes, ni considerar las pocas y ocasionales máquinas de vapor existentes en el continente a mediados del siglo XVIII (construidas en la mayoría de los casos con fines no productivos) como algo equivalente al gran caudal británico de máquinas mineras, ni tratar cincuenta años de crecimiento francés en el siglo XVIII (cincuenta años de recuperación de una depresión terrible que tuvo lugar al final del reinado de Luis XIV) como un hecho equivalente al mucho más largo periodo de crecimiento inglés. En éstos y otros puntos similares, no hay nada que reprochar a Crouzet. No obstante, nosotros no estamos de acuerdo con él: en materia de tecnología industrial, creemos que los países continentales eran considerablemente inferiores a Gran Bretaña y que su inferioridad aumentó en el transcurso del siglo XVIII.

En general, nosotros abogamos por la necesidad de estudiar los hechos globalmente ade más de por separado, de presentar la cambiante imagen total y considerar el cambio como un proceso continuo de innovación, respuesta, ajuste y fenómenos por el estilo. Y abogaríamos también por una especie de principio de realidad. No cuesta nada concebir modelos matemáticos de inevitabilidad intrínseca, de pequeñas diferencias que se consolidan con el tiempo hasta crear un abismo cada vez más grande, de vías de desarrollo engranadas en una «dependencia de trayectorias». Pero todo parecido entre tales elucubraciones y la realidad es, por suerte, puramente accidental y muy poco probable. El mundo real se compone de guías tanto como de personas que se dejan guiar. Los individuos y los grupos reaccionan al cambio, salvan los obstáculos y encuentran otras soluciones. Que Gran Bretaña fuese la primera, que Francia fuese más despacio, que Alemania fuese más despacio aún pero luego se pusiese al día, que China no lo lograra y que ahora lo logre, todas estas cosas tienen sus razones.

Una vez adoptada esta perspectiva habría que procurar no hacer que se adapte a datos nuevos y sorprendentes. El ingenio, en este sentido, de los especialistas en historia económica es indudable, pero la búsqueda de la verdad histórica es cuestión no tanto de ingeniosidad como de razón. Las cifras deben tener sentido. Si no lo tienen, sería muy conveniente examinarlas a fondo y verificarlas antes de proponer precipitadamente un nuevo paradigma. En este sentido, merece la pena recordar a Kuhn y su énfasis en el apego de los científicos a sus viejos modelos 4 . ¿No es una ironía que los especialistas en ciencias naturales, que tratan hechos mucho más rotundos, sean tan cautos y conservadores a la hora de asimilarlos, y que los expertos en historia económica, en cambio, con sus artificiales elaboraciones cuantitativas y pruebas de segunda mano, sean tan radicales y crédulos?

Sobre este punto, convendría mencionar algunas observaciones del mayor de todos los economistas anteriores a Adam Smith. Nos referimos al novelista, ensayista, autor de libros de viajes y gran observador que fue Daniel Defoe, que en su Plan para el comercio inglés escribió:

A los cálculos en los casos en que no hay ningún principio a partir del cual calcular, ninguna cifra dada ni regla con que empezar, no deberíamos prestarles nunca mucha atención; juzgar por ellos hace que hombres, por lo demás de gran penetración, a menudo cometan errores fatales, tales que llegan como mínimo a manchar la reputación de sus razones y juicio y a veces a hacerlos objeto de desprecio.

Tal fue el caso de las suposiciones de ese gran simulador de la aritmética política, sir William Petty, cuyos cálculos del número de casas, familias y habitantes de Londres y otras populosas ciudades, no sólo estaban equivocados, sino que cabría afirmar también que han resultado absurdos, e incluso ridículos.

Permítasenos hacer una modesta propuesta. La historia económica necesita protección contra las malas cifras. Cuanto más ingeniosas sean nuestras técnicas econométricas, más se recurrirá a la cuantificación y más protección necesitaremos. Se deberían buscar formas de medir las cifras con una regla de fiabilidad (irrefutabilidad) y de considerar estas mediciones en todas las manipulaciones y combinaciones que se hagan de ellas. A una escala de 1, por ejemplo, las estimaciones de la producción francesa en el siglo XVIII podrían situarse en 0,2 ó 0,3, y si se combinan o comparan con otras cifras cabría interpretar que la probabilidad de un resultado exacto es casi de cero.

O se podría medir por márgenes estimados de error, y de esta forma veríamos que algunas cifras, como algunas cuestiones, engañan y son contrarias a la búsqueda de la verdad. Qué irónico resulta que se nos advierta que las palabras y términos pueden ser engañosos, que incluso las cuestiones lo son a veces, y que se nos ofrezcan como oro puro simples cifras de oropel. Aun cuando los inventores de tales cifras nos prevengan, no pueden limitar la credulidad de quienes les leen y les citan. Se trata de la ley de la pérdida de irrefutabilidad, que a menudo se combina con el aumento de convicción: lo uno necesita de lo otro.

VIII

Solow acostumbra a hablar, en un tono algo condescendiente, de la normalidad de la percepción retrospectiva. Cuando lo hace, se comporta como los economistas. A éstos les gusta creer que pueden predecir, que su misión y su tarea es predecir. La percepción retrospectiva exacta es un logro menor.

Pero como muestran los debates sobre estos dos procesos históricos únicos, la percepción retrospectiva no es un asunto sencillo. No hay que darla por sentado. No obstante, es la tarea del historiador: descubrir cómo llegamos a donde estamos u otros llegaron a donde están. Es una suerte que no sea fácil; tanto mejor para nosotros, los historiadores. No realizaremos esta tarea cometiendo alguno de los siguientes «pecados»: empeñarse en la certeza absoluta (la historia de quimeras); creer en los contrafácticos, que son falsos por definición; confundir las elaboraciones/invenciones matemáticas con la realidad; convertir los procesos complejos en casualidades cuando la combinación de probabilidades es casi de cero, y descartar las cuestiones e imposibilitar o limitar, por tanto, la investigación. Pero, sin lugar a dudas, no era esto último lo que Crafts pretendía. Simplemente quería que nos mantuviéramos alerta.

1 Crafts, N. F. R. (1977), «Industrial revolution in Britain and France: some thoughts on the question "Why was England first"», en The Economic History Review, 2nd, ser. XXX, pp. 429441.

2 Nef, J. U. (1957), Industry and government in France and England, 15401640, Ithaca.

3 Crouzet, F., De la supériorité de l'Anglaterre, p. 34, citado en Butel, P. (1933), L'économie française au XVIII siècle, París, p. 63.

4 Kuhn, T. (1975), La estructura de las revoluciones científicas, Fondo de Cultura Económica, México.

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